ser mujer no es
un dato indiferente
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Escritura y Género

Linda Berrón

Quiero agradecer a Angélica Gorodischer y a las organizadoras del encuentro por invitarme a participar. Confieso que este tipo de invitaciones a encuentros de mujeres escritoras —hace siete años fue en Nuevo México, hace tres en Puerto Rico— me produce una felicidad saltarina, parecida a la que sentía cuando mis amigas de la infancia venían a buscarme para ir a jugar. Eramos una pandilla bastante grande y nos apoderábamos de las calles del barrio; del espacio real e imaginario. Creo que ahora haremos de alguna manera lo mismo.

Esta Mesa, en la que me ha tocado participar, tiene el título de Género y Escritura. Ya sabemos como los títulos programan las lecturas. En este caso me situó frente a una perspectiva muy amplia y al mismo tiempo mejor definida que la planteada por otras expresiones tan utilizadas hace unos años, como palabras de mujer o literatura femenina o de mujeres.

Por un lado remite a Escritura, como un particular uso del lenguaje: la palabra escrita, ficcional o no, y a Género, como construcción social más allá de la biología. Me parece que nos alejamos así del campo minado donde surgen preguntas como ¿existe la literatura de mujeres? Preguntas que me recuerdan en algo aquellas que se hacían los sesudos teólogos en el siglo XIII sobre si las mujeres tenían o no, alma. Ante ese tipo de cuestiones sobre la existencia o no de la literatura de mujeres, siempre me suele salir como respuesta una especie de balbuceo similar al que seguramente haría el famoso asno de Buridán que, muerto de hambre y de sed, no pudo elegir si comer o beber primero, duda que al final, lo llevó a la muerte.

Creo que este debate no ha logrado saldarse debido a una ambigüedad en los términos. Mujer remite a sexo, el sexo a biología, la biología a destino y como sabemos, el destino es un callejón sin salida al margen de la historia y dela libertad. Pienso que, en todo caso, no se escribe desde el sexo sino desde una subjetividad socializada; desde el género. La teoría feminista ha elaborado durante las últimas décadas, abundantes reflexiones sobre la construcción social del género, sobre aquello que ha significado históricamentre ser mujer, el rol que se la ha exigido jugar. Sin duda las variables espacio y tiempo intervienen en esa socialización, por lo que la definición de género también varía. Lo que no ha variado sin embargo, es la concepción androcentrista y patriarcal de la humanidad, al menos no tanto como quisiéramos. Cuando nacemos mujeres y salimos a jugar el partido de la vida, nos encontramos con la cancha bien marcada y definidos los espacios que nos tocan. Y generalmente las mujeres estamos "adentro", es decir, fuera de la cancha. Como mucho, estamos en la banca, como reservas.

Esta imagen de la cancha marcada me hizo recordar un texto de Virginia Wolf en Tres Guineas donde al hablar del poder hipnótico de la dominación, se refiere a la segregación de las mujeres como un rito arcaico llevado a cabo por, comillas: "un macho animalesco, de voz de trueno y duro puño que de una manera pueril inscribe en el suelo con una tiza esas líneas místicas de demarcación por medio de las cuales los seres humanos quedan fijados, rígidos, separados. Disfrazado de oro o de púrpura, prosigue sus ritos místicos y goza de los sospechosos placeres del poder y de la dominación mientras que nosotras, sus mujeres, permanecemos encerradas en la casa familiar". De una manera más simple lo definía la supuesta sabiduría popular con el refrán: la mujer y la sartén en la cocina están bien;

Así, las que nacemos o devenimos mujeres, nos encontramos enfrentadas a la tarea de redefinir los condicionamientos de nuestra socialización de género, debatiéndonos entre lo impuesto y lo deseado, tratando de afirmar nuestra cambiante identidad entre múltiples roles e identidades. Es a partir de ese lugar común, del encierro, o de su contestación, que las mujeres escribimos. Ese punto de partida específico nos diferencia, como género, de los hombres que escriben.

En mi caso, de los múltiples roles que me ha tocado jugar, de todas las máscaras que he utilizado, el personaje más querido y del que más orgullosa me siento, es el de escritora, tan parecido al de jugar en el barrio y apoderarse de las calles.

Así, volviendo al tema que nos ocupa, hablar de género y escritura, será, inevitablemente hablar de mí misma. Por eso quiero contarles brevemente tres episodios de mi vida que me servirán para anudar esta charla. El primero corresponde a mi infancia.

No había cumplido todavía los doce años cuando empecé a escribir como quien levanta una compuerta de un arroyo caudaloso. Consideraba esos textos —poemas, cuentos, cartas y diarios— mi tesoro secreto. Tanto mi escritura como el alud de lecturas deliciosamente desordenadas, eran percibidas en mi casa, por mi madre y mis hermanos —que eran mucho mayores y para colmo de ciencias— como una actividad sospechosa e inútil a la que convenía poner freno. Esta experiencia infantil parece bastante común entre las escritoras de todos los tiempos, la de enfrentar el miedo atávico del patriarcado, que no acaba de desaparecer, a que las mujeres accedan a la herramienta básica del saber y la creación; no en vano en la Real Academia de la Lengua, en 300 años, solo ha habido, hasta hoy, cuatro mujeres.

Vuelvo a la infancia: al gesto adusto, reprobador y burlón, tuve que añadir una insaciable y controladora curiosidad por parte de mi hermana mayor, a quien no frenaban ni candados ni escondites. Para rematar yo era sonámbula y por la noche hablaba sin parar y le contaba los lugares donde escondía mis cuadernos, y desgraciadamente también mis chocolates. Recuerdo haberme enrollado una bufanda para tapar mi boca —era de cuadros verdes y negros—, pero no dio resultado; yo misma me la quitaba dormida porque me daba calor. Así que un día decidí inventarme una escritura, un alfabeto para mí, que sólo yo entendiera; recuerdo que la a era un círculo con un puntito en el centro, la ele un asterisco y la s un triángulo. Logré mi cometido, salvé mis textos, aunque no los chocolates. ¡Cuánto daría por tener siquiera una página de aquellas!, pero no quedó nada. Tampoco quedó nada de un gruesísimo diario azul que despareció un fin de semana que yo andaba en un campamento. De aquellos tiempos, conservo mi primera novela, escrita a los catorce años a raíz de la muerte de mi padre, mi aliado más querido durante la infancia.

Desde luego no he sido la única persona que se ha visto empujada a proteger sus textos de esta u otra manera. Conozco el caso de algunos hombres; por ejemplo el truco que utilizaba Leonardo da Vinci: escribía sus textos al revés y sólo al ponerlos frente a un espejo se volvían legibles. O el filósofo Wittgenstein, que escribía en las páginas pares de sus cuadernos su diario íntimo, en clave, y en las páginas impares las reflexiones filosóficas que después serían el Logicus Tractatus. Pero las estrategias de defensa han estado mayoritariamente del lado de las mujeres. Sabemos de escritoras que trataron de proteger sus textos, escondiéndolos como hacía Jane Austen, cuando oía que alguien se acercaba a la sala donde se recogía a escribir; otras, en lugar de esconder sus textos, se escondían a sí mismas detrás de un nombre masculino, como Georges Sand o Fernán Caballero; o se escondían en un convento para poder escribir como hizo Sor Juana Inés de la Cruz, o se disfrazaban de mujeres ignorantes y modestas como hicieron tantas mujeres de la Edad Media para que se les perdonara la osadía de escribir.

Ha sido muy propio de las mujeres escritoras el sentimiento de hacer algo prohibido, de estar desobedeciendo la norma. Leer y escribir, la llave simbólica del saber y del poder, ha sido históricamente para nosotras como el cuarto de barbazul, cuyo acceso estaba defendido por amenazas y peligros sin cuento. Vale la pena recordar el lúcido análisis que hace Clarissa Pinkola del cuento Barbazul en su libro Mujeres que corren con los lobos.

Desde la época clásica y llegando a los mismos ilustrados del siglo de las luces, se consideró que era contraproducente que las niñas aprendieran a leer y a escribir. Para no ir tan lejos y poner sólo un ejemplo, en España estuvo prohibida la matrícula oficial de mujeres en la universidad hasta 1910. Y para acercarnos a nuestra época y geografía, si no me equivoco, el exministro de economía Domingo Cavalho en los años 90 envió a la socióloga Susana Torrado "a lavar platos". Bastante cerca de lo que dijo nuestro actual presidente al contestar una pregunta sobre los planes conjuntos que promovería con la primera dama: señaló que los dos juntos, solo hacen chiquitos. Similar "al desliz machista", como lo llamó la prensa, que tuvo el candidato brasileño Ciro Gomes, cuando dijo que el papel de su mujer en la campaña era dormir con él.

Así pues, es una larga y pesada herencia que tenemos como género y que continuamos quitándonos de encima a base de palabras y plumazos.

Pero si existe alguna prueba viva de una escritura de género, como estrategia de resistencia colectiva, esa podría ser el NUSHU. Hace muy poco leí esta noticia en el periódico y me conmovió profundamente. El NUSHU es la escritura secreta que las mujeres de una región de China inventaron hace más de mil años para comunicarse entre ellas. Relegadas de los espacios sociales, excluidas de la educación formal, sin posibilidades de aprender a leer y a escribir el idioma de los hombres, ellas inventaron su propia escritura. Una escritura, sutil y poética, usada en poemas y canciones que bordaban y pintaban en cuadernos y abanicos, que además de servir como medio de expresión creativa, cumplía una función identitaria y sororal. Mediante ella, compartían sus sentimientos, sus sueños, la aridez de la vida cotidiana; transmitían sus experiencias y daban consejos a las más jovenes. Por medio de pequeños regalos, la escritura atravesaba las fronteras locales y ofrecía apoyo a las jóvenes que después de casarse, tenían que unirse a las familias de sus maridos donde llevaban una vida miserable.

Resulta claro que que la invención y uso del NUSHU era una respuesta a la discriminación de género, una manifestación de rebeldía ante la reclusión opresiva a la que estaban sometidas, tan bien simbolizada por la imagen de sus pies amordazados. La noticia decía que esta escritura estaba a punto de desaparecer y, esto es importante, que las autoridades chinas estaban haciendo grandes esfuerzos por asegurar su conservación. No faltó quienes dijeran que en realidad, el Nushu era una derivación de la lengua oficial, desconociendo su avanzada construcción silábica, o que había sido inventado por los hombres.

El segundo episodio que deseo comentarles sucede bastante tiempo después. En el año 1990 decidí crear la Editorial Mujeres en Costa Rica. Muchas variables intervinieron en esa decisión; entre ellas, mis propias dificultades para publicar mis libros: cuatro años esperó el primero, La Última Seducción, para ser publicado en la Editorial Costa Rica; el segundo, la novela El Expediente, lo tuve que cofinanciar con la Editorial de las Universidades Centroamericanas.

Otra variable fue la constatación del gran número de autoras que no encontraban un espacio para publicar y darse a conocer en las editoriales existentes y el coraje que me producía ver, paralelamente, antologías de prosa y poesía en las que no aparecía ni una autora perdida entre cientos de páginas. Asimismo, el estímulo que me produjo recibir en España un premio de narrativa otorgado por el Instituto de la Mujer y la Librería de Mujeres, de Madrid, cuyo nombre era "Una palabra Otra", así como el conocimiento de experiencias similares en otros países de Europa y Suramérica.

Estaba en auge la visión del Cuarto Propio, el enfoque remedial a través de la búsqueda de medidas de discriminación positiva para compensar las inequidades que sufrimos las mujeres en general y las escritoras en particular. La expectativa que generó fue enorme y decenas de veces recibí la misma pregunta, a veces asombrada, otras indignada: por qué solo mujeres. Bien a mano tenía la respuesta pues durante quinientos años, por referirnos a la creación de la imprenta, las publicaciones habían sido solo de hombres y nadie había dicho ni pío. Parecia llegada la hora de hacer explícito el enfoque de género en el mundo editorial.

El primer libro, Relatos de Mujeres, Antología de Narradoras de Costa Rica, recogía los textos de veinticuatro escritoras vivas. ¡Tantas!, me decían. No había pasado un mes cuando tuvimos que sacar la segunda edición, y poco tiempo después la tercera; algo poco común en un libro que no fuera de cocina ni de lectura obligatoria en los colegios. A través de las once publicaciones que hicimos, han circulado los textos de 103 mujeres y un hombre. He traído algunos ejemplares para que los conozcan y un video titulado "Los ojos de las poetas" que realizamos con ocasión de la Conferencia Mundial sobre la Mujer en Beijing, China. La última publicación fue una colección de cuatro libros, en 1998. Y ahí me detuve, no sé todavía si por el momento o definitivamente. No sé si hoy sigue teniendo sentido o viabilidad una editorial de mujeres.

El conocimiento en Europa de estadísticas relacionadas con el hecho de que las mujeres son las que más leen, pudo ser uno de los elementos que produjo el boom de la llamada literatura femenina; esto sin duda atrajo a las grandes editoriales. Sentí que los libros escritos por mujeres habían entrado en la dinámica voraz del mercado y una pequeña editorial, como la Editorial Mujeres, ya no podía competir ni ofrecer tantas ventajas de distribución y difusión a las autoras. Me di cuenta de que otras editoriales específicas de mujeres iban desapareciendo, tragadas por la vorágine del marketing que exige novedades todas las semanas —frecuentemente, por desgracia, de dudosa calidad— para seguir vendiendo. O bien, se abrían a otro tipo de publicaciones para poder seguir adelante.

En los pocos minutos que me quedan, les voy a comentar el tercer y último episodio. En 1998 publiqué la obra de teatro Olimpia, que acaba de estrenar en Costa Rica la Compañía Nacional de Teatro. La obra está basada en la vida de Olympe de Gouges, considerada la primera feminista francesa, que en 1791 escribió la Declaración de los Derechos dela Mujer y dela Ciudadana. Fue una de esas grandes mujeres invisibilizadas sistemáticamente por la historia oficial. Forma parte fundamental dela historia que las mujeres han ido escribiendo apesar de la represión, la burla, la humillación; a pesar del encierro o incluso de la muerte por la hoguera, la guillotina, la lapidación.

Su nombre de pila era María y tenía todo en su contra cuando nació: mujer, campesina, pobre, analfabeta, hija ilegítima. Pero se enfrentó con inteligencia y osadía a todas las barreras que se le ponían por delante. Emigró a París para hacer realidad su sueño de convertirse en escritora, sueño que logró sobradamente pues llegó a escribir 30 obras de teatro, muchas de ellas representadas a pesar dela oposición violenta y las humillaciones que tuvoq ue sufrir.

Participó activa y apasionadamente en la revolución, como tantas mujeres; pero una vez que llegaron al poder, nuevamente las mandaron al encierro doméstico. Olimpia percibió con toda claridad la segregación de las mujeres, así como la de los esclavos negros, los pobres, los campesinos sin tierra: todos excluidos de la ciudadanía de la nueva república. Entró en contacto con las ideas de la Ilustración y participó activamente en la revolución. En ese momento decidió cambiar sus textos literarios por los textos políticos. Quiso acceder al poder, ya no por la acción directa en las calles, sino por medio de la palabra. Escribió, publicó y distribuyó, con gran entusiasmo y mayor fe, numerosos documentos, proyectos de ley y afiches —de una modernidad que hoy nos asombra, o tal vez nos entristece al ver lo poco que hemos avanzado—. Esta osadía la pagó con su vida pues fue finalmente guillotinada en 1793.

Olimpia, como en aquel hermoso poema de Blas de Otero, tenía la certeza de que le quedaba la palabra. Pensó que la palabra de una mujer podía llegar a formar parte de la escritura por antonomasia, la que emana del poder: la ley. Ella lo intentó y hoy vivimos en parte de su herencia, y de la que nos legaron todas las pioneras. Ella lo intentó. Lo siguen intentando las feministas que se han dado a la tarea cirujana de deconstruir el lenguaje para poner de relieve las estructuras de poder que oculta y en las que se basa. Olimpia fue tal vez una de las primeras que empezó a re-escribir la ley con conciencia de género cuando a la Declaración de los Derechos del Hombre, añadió la Declaración de los Derechos de la Mujer. Y lo siguen haciendo hoy las abogadas y feministas reescribiendo nuevos conceptos como es el caso de femicidio para sacar a la luz lo que al concepto de homicidio se le escapa, el género.

Pero le echaron tierra a sus esfuerzos. Y curiosamente, en 1998, 250 años después, el gobernador de la región francesa donde se encuentra el pueblo de Olimpia, Montauban, decidió poner una placa conmemorativa en la casa donde nació e incluirla en un circuito turístico de la región.

Para terminar y resumir los hechos que he venido contando, voy a escoger unos cuantos hilos:
• El fenómeno que le ha permitido a la literatura de las mujeres compartir subalternamente un pequeño y frívolo stand en el gran mercado de los libros;
• El afán museográfico de las autoridades chinas por conservar el idioma de las mujeres –hoy utilizado inofensivamente por unas cuantas ancianas–;
• La placa turística en la casa de Olimpia de Gouges
Y me surge la inquietud sobre la forma en que el patriarcado –nuevo rey con vestido globalizado– coopta, recupera y neutraliza los esfuerzos de las mujeres por compartir el poder simbólico y real.

Porque las mujeres ya tenemos la palabra, la escritura. Pero, ¿cuán empoderada está esa palabra? ¿Qué espacios ocupa? ¿Cómo somos leídas?

Para terminar, y buscando lo que me puede acercar a otras mujeres escritoras, escribir para mí supone, entre otras cosas, una búsqueda de libertad, un ejercicio de poder simbólico, una reinvención del mundo, una exploración del sentido de la vida. Y por qué no, un maravilloso juego.