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LA IDEA DE SI EN LA LITERATURA DE MUJERES EN AMERICA
LATINA
Francesca Gargallo
Hay otra razón, de esto estoy segura. Una razón narrativa,
ni política ni argumentativa que, sin embargo, construye
un camino para acceder a un conocimiento. Uno, simple y en juego
con la multiplicidad, sin ningún afán de universalidad.
A ese conocimiento se accede mediante la construcción interpretativa
de algo indefinible, pero existente. Algo previo a la narración,
pero que la narración vuelve real, verdadero al ser enunciado.
Las personas que narran, oral o literariamente, construyen una y
otra vez esta razón.
¿Por qué debo introducir de esta manera una reflexión
acerca de la literatura de mujeres en América Latina? Porque
la literatura es terreno de muchos conflictos y la epistemología
la cuestiona como instrumento cognoscitivo. Porque, y ya lo escribieron
mejor que yo Marcel Detienne y George Dumézil, entre la literatura
y el mito hay una continuidad -¿una mismidad?- interpretativa.
Porque la narración implica una reflexión previa,
una percepción de la realidad que se quiere explayar y no
limitar. Y porque quiero darme una explicación acerca del
motivo por el cual la desaparición de las mujeres del escenario
público en la década de los 1950, la que Julieta Kirkwood
definió como una década de vacío político
feminista, permitió que las escritoras latinoamericanas empezaran
a narrar desde otro lugar, desde sí mismas, validando así
su experiencia para la humanidad.
Recuerdo que hace veinte años, cuando conocí a Dolores
Castro, entre ella que era la poeta madre simbólica de las
escritoras ahí reunidas y yo, entonces joven narradora, se
construyó la idea de que la creación es ajena a las
ayudas económicas, que las mujeres en cuanto escritoras estamos
vividas por una necesidad de decir que trasciende todo apoyo y,
también, todo estilo. Era una idea a contracorriente con
nuestras compañeras que reivindicaban espacios, becas y visibilidad,
a la vez que era una idea no acabada, que mandamos al mundo sin
pañales. Años después, me encontré con
este poema de la maestra:
Cómo arden, arden
mientras van a morir empavesadas
las palabras.
Leñosas o verdes palabras.
Bajo su toca negra se enjaezan
con los mil tonos de la lumbre.
Y yo las lanzo a su destino;
en su rescoldo brillen[1].
Entonces me di cuenta de que la idea había nacido mucho
antes y ya tenía una expresión acabada. Era una verdad
poética, no argumentativa, y, por lo tanto, en el ámbito
del debate sociológico y de política de las reivindicaciones
en que nos encontrábamos no pudo ser reconocida.
A los pocos días, leí este fragmento de la chilena
Diamela Eltit, escrito en 1983, muchos años después
que Soles, en una novela ecléctica, en la que L. es una protagonista
marginal. “Es que ella transmitirá la noticia, como
predicadora su rostro transformado, sus múltiples facetas,
esa absoluta falta de inscripción señalará
la veracidad del acontecimiento”[2]. En esta novela esquizofrénica,
la protagonista está teatralizando e inventando la primera
escena de una película protagonizada por el lumperío,
esos pálidos de piernas ulceradas y manos vendadas que sin
el alucine de ella simplemente no serían nada. Y pensé
para mis adentros que el fragmento habla de la imposibilidad de
no escribir, de no decir, aunque sea alucinando, porque sólo
la literatura devela los hechos al interpretarlos. Más aún,
Lumpérica, como Soles y buena parte de la literatura escrita
en América Latina por mujeres en la segunda mitad del siglo
XX, construye la razón narrativa en femenino, porque apenas
ahora las mujeres, al haber desatado el hecho concreto de nuestra
liberación, estamos narrando su mito, es decir el relato
que interpreta el hecho.
A mediados del siglo XX las escritoras latinoamericanas empezaron
a manifestar masivamente que su escritura estaba determinada por
su cuerpo y por el lugar que éste tenía en las historias
familiar, nacional y continental. Seguramente sus narraciones contribuyeron
al metarrelato del patriarcado latinoamericano, con sus especificidades:
machismo, caciquismo, dominación étnica, paternidad
ausente, pero anhelada y dominante, traición de la madre,
matrimonio forzado, sujeción sexual, indefensión social.
A la vez, contaban, historiaban, recreaban una inmensa variedad
de molestias, dudas y resistencias femeninas frente al orden patriarcal[3].
En otras palabras, delataron con en su literatura algo que el historiador
Hayden White formuló para toda expresión escrita de
las ideas, eso es que: “el pensamiento permanece cautivo del
modo lingüístico en que intenta captar la silueta de
los objetos que habitan el campo de su percepción”.[4]
El Bildungsroman, la novela de formación, de protagonista
femenina en Latinoamérica creció en número
y calidad entre Ifigenia (1924) y Las memorias de mamá Blanca
(1929) de la venezolana Teresa de la Parra, y las autobiografías,
los monólogos, las narraciones en primera y tercera persona,
las alternancias de puntos de vista, los estudios psicológicos,
las historias de vida y los cuentos de denuncia escritos entre 1949
y 1985[5]. La venezolana Antonia Palacio, en las viñetas
que componen los relatos de Ana Isabel, una niña decente
(1949), y la mexicana Rosario Castellanos, en Balún-Canán
(1957), buscaron expresar el punto de vista de una niña al
contar las experiencias de una niña: sus sueños, sus
dolores, su conciencia de no ser un sujeto definido sino un alguien
fragmentado que visita la realidad social por los sentimientos que
alberga acerca de sus protagonistas. En estos textos, así
como en Estaba la pájara pinta sentada en un verde limón
(1975), de la colombiana Albalucía Ángel, y en Lilus
Kikus (1976), de la franco-mexicana Elena Poniatowska, las protagonistas
niñas no se ven como seres independientes y libres sino como
personas que deben enfrentar la realidad, tragándose sus
deseos de libertad que, sin embargo, nunca las abandonan. Al crecer,
las personajes femeninas expresan también sentimientos de
rabia e impotencia: la espléndida adolescente que se sabe
dueña de un cuerpo intocado y que es obligada a casarse con
el tío moribundo para obedecer a las reglas religiosas y
a la construcción moral de lo que es la bondad femenina,
encarnada en “La Sulamita” (1961) de Inés Arredondo,
es uno de los personajes más redondos del universo literario
mexicano de la época. La libertad para las jóvenes
nunca es siquiera un anhelo, se concibe como lo que no se tiene,
como conciencia de una privación, pero la verdadera soledad
es estar sin una mujer cerca o, peor aún, sentir a las demás
mujeres como enemigas[6].
Las escritoras latinoamericanas no eran las primeras ni las únicas
en esta tarea de denuncia y afirmación; una y otra vez es
necesario recordar que el feminismo es un movimiento internacional
y que la política feminista abreva de y ofrece a las mujeres
de todas las tendencias políticas temas y actitudes, angustias,
despertares y respuestas.
En 1951 Marguerite Yourcenar, primera mujer en ingresar a la Academia
de Francia, escribió en su “Cuadernos de notas a las
Memorias de Adriano”[7]:
Imposibilidad, también, de tomar como figura central un
personaje femenino; de elegir, por ejemplo, como eje de mi relato
a Plotina en lugar de Adriano. La vida de las mujeres es más
limitada, o demasiado secreta. Basta con que una mujer cuente sobre
sí misma para que de inmediato se le reproche que ya no sea
mujer. Y ya bastante difícil es poner alguna verdad en boca
de un hombre.
A pesar de que ese apunte pueda interpretarse hoy en sentido antifeminista,
manifestaba en su momento la necesidad de la escritora de justificar
la posible falta de coherencia con su ser mujer. Justificación
o disculpa que con anterioridad ninguna escritora se había
sentido obligada a presentar a su público lector.
La literatura, hasta entonces encadenada por los valores sexuales
de la lengua, había positivizado los símbolos de lo
masculino, convirtiendo en negativos aquellos adscritos a lo femenino;
a los hombres confería movimiento, honor, seguridad, subjetividad,
y a las mujeres una amalgama de sensaciones relativas a lo caótico
y lo estanco. La noción de amor, inventada por una serie
de poetas medievales para ofrecer a la literatura un tema de calidad
universal y sublime, implicaba una devoción casi religiosa
del hombre amante hacia la mujer amada, relación de posesión
doble y trágica, que fue transformándose a lo largo
de la historia de la literatura en el móvil para la búsqueda
de un interés individual masculino (uno de los temas de El
Quijote de Cervantes) o en un doloroso escollo a superar para cumplir
con un código de honor aristocrático y de hombres
(Hamlet de Shakespeare). No le fue difícil a la literatura
filosófica ilustrada simplemente olvidarlo y relegar con
él a las mujeres en el desván de las novelas de entretenimiento.
Sólo la literatura que corrió de Goethe a Tolstoi,
a lo largo del siglo XIX, reutilizó el amor como un sentimiento
común a mujeres y hombres, pero con la salvedad de demostrar
sus diferencias psicológicas (Werther)[8], la fragilidad
moral y emotiva de las mujeres al enfrentar sus sueños con
el mundo (Madame Bovary)[9], el impacto enloquecedor de la sociedad
y las leyes sobre la psicología de una adúltera (Ana
Karenina)[10]. Ni siquiera la fecunda pluma de George Sand, mujer
que compartió algunos años de su vida creativa con
Musset y Chopin, entre otros, salvó a sus personajes femeninos
de una existencia determinada por la comparación con la libertad
del hombre.
Algo pasó entre fines del siglo XIX y fines del siglo XX.
Numérica y cuantitativamente, en el siglo que corrió
de La cabaña del tío Tom[11] (1852) a Lazos de familia
[12](1960), y en el movimiento que fue de las ensoñaciones
liberadoras de la inglesa Virginia Wolf y las descripciones de la
francesa Colette al periodismo narrativo de la argentina Stella
Caloni, a la sequedad nerviosa e intensa de Clarice Lispector (Brasil),
la introspección de Elsa Morante (Italia) y de María
Luisa Puga (México), el estallido verbal de Margarite Duras
(Francia), la denuncia irónica de Rosario Castellanos (México),
la toma de posesión de la historia de Elena Garro (México),
la antropología narrativa de Marvel Moreno (Colombia), sucedió
que las mujeres empezaron a escribir como mujeres, a mirarse, a
nombrarse, a explayar con ardor sus posiciones vitales, siempre
políticas, a sentir la injusticia a través de su cuerpo,
que se convirtió así en un cuerpo con una creciente
presencia.
Si es cierto que el devenir patriarcal de la cultura se ha manifestado
como ruptura de la genealogía femenina (mediante cortes generacionales
y olvidos de la filiación) e imposición de una artificial
separación entre la vida privada y la vida pública,
como escribe Luce Irigaray (Bélgica)[13], y que las relaciones
entre los sexos se inscriben en la economía profunda de la
lengua, entonces en menos de un siglo se concretó una transformación
de la historia y de la literatura: las mujeres hoy se reconocen
en una lengua nueva que las escritoras, balbuceando, les organizaron.
Por ello la justificación de Margarite Yourcenar tiene sentido;
nos dijo de alguna forma: tengo a un hombre por representante de
su época porque sólo un hombre podía excluir
a las mujeres y a los dioses de su mundo sin vaciarlo de sentido,
pero soy yo con mi pluma de mujer quien lo escribe y lo denuncia.
Es necesario mencionar la bisexualidad cultural de las mujeres.
Las escritoras del siglo XX (pero esta observación vale todavía
para todas las mujeres instruidas), pertenecieron ambiguamente al
orden vigente: informadas por la escuela, la lengua y las leyes
de los hombres que las habían desautorizado históricamente,
lograron una conciencia corporal, inmediata, de existir. Su existencia
de mujeres estaba al margen, fuera-dentro, del discurso filosófico
y antropológico; éste se retorció sobre sí
mismo como un gusano cuando las escritoras empezaron a escribir
con voz de mujer, sin emplear las formas aprendidas en la gramática
y la sintaxis masculinas que, sin embargo, eran las únicas
que recibieron. Por otro lado, sólo estando en sí
mismas las mujeres no huyen de la realidad; de tal forma que su
participación política empieza por su analizarse,
defenderse y reivindicarse. Ser se convirtió así,
en las expresiones artísticas femeninas de mediados de siglo
XX, en una sonrisa por esa leche materna que las nutrió aun
cuando les fueron preferidos sus hermanos. Ser para las escritoras
fue (y sigue siendo) un desafío, un juego, la ruptura de
la regla masculina en la cual, sin embargo, vivían casi siempre[14].
En la literatura latinoamericana el ejemplo más hermoso
de lo insólito en lo cotidiano lo encarnó la poesía
de la mexicana Enriqueta Ochoa (1928), así como la genealogía
femenina se explicitó en la narrativa de la colombiana Marvel
Moreno (1939-1995).
Enriqueta Ochoa está en la confluencia de todo. Se inscribe
en una genealogía cruzada, hecha de ascendencia masculina
y descendencia femenina. Vibra con una religiosidad casi levitante
y por la concreta necesidad política de defender la paz.
Se afirma suicida desde el vientre materno y enarbola el placer
de estar viva. Su obra corre ininterrumpida de 1950 a la fecha,
aun cuando esquiva la publicidad y se niega a alimentar el ego mediante
la autopromoción. En 1952, le escribió a su pequeña
hija Marianne: “Yo me miro y no soy sino una cripta en llamas,/
una existencia inconforme, sonámbula,/ cargada de fatiga”[15];
sin embargo, en 1968 festejaba que esa misma hija adolescente entendiera
en su propio dolor al mundo. Le entregó su legado, a la vez
que se sentía honrada de que ella fuera su semilla: “Qué
bueno que naciste con la cabeza en su sitio,/ que no se te achica
la palabra en el miedo,/ que me has visto morir en mí misma
cada instante/ buscando a Dios, al hombre, al milagro”[16].
Mujer que se sabe humana, duda a veces de su ser “hombre”.
Cuando lo admite al fin, lo hace con irritación, temblor,
risa; expresiones un tanto histéricas de quien aprehendió
la historia como aquella ceguera en que “el hombre sólo
sabe/ devorar y perderse”[17]. Parece que para ella no hay
otro modo de estar en el mundo que no sea ladrarle a la luna, embestida
por el llanto y el viento, por la emoción religiosa y la
sorpresa del aire en los pulmones; no obstante, esa vida al filo
de la locura nunca ha sido excusa para el personalismo, pues la
poeta se identifica con aquellas vírgenes terrestres que
sólo tienen el nombre que recibieron en la pila. A sus amigos
ha escrito poemas en los que describe su fuerza, a la vez que limosnea
un oído para su dolor mientras el corazón le rebota
loco entre las sienes:
Estreno una sonrisa cada mañana
Y pido limosna en todas las esquinas,
Porque ¿quién va a prestarme su vida,
Su amor, o su Dios?
Tengo que comprármelos yo misma,
y no me alcanza.
Y todo esto que escondo y espero y que no llega,
Es la razón que me desangra dentro…[18]
Consciente de su talento, con que pobló de imágenes
las vivencias de la hija, la hermana y la madre, se pregunta una
y otra vez si tienen la menor trascendencia: “¿A quién
le importa saber que fue infructuoso/ este viaje de mi vida a la
tierra,/ porque quebré mi lámpara sin andar los caminos?”.
Sólo con algunas figuras de intensa espiritualidad humana
(Cristo, San Francisco de Asís, un santón en la calles
de Rabat) y con las figuras de su mundo familiar que su pluma sacralizó,
se desbordan sus emociones y su ser mujer alcanza la definición
de la indefinición: “¿Quién soy?/ No
hay identificación, no hay respuesta…”, le pregunta
obsesivamente a la hermana y al padre muertos. La hermana con la
que aprendió “a entender una misma lengua”. El
padre con el cual, para poder hablar, tuvo que echarse toda una
vida a llorar sobre sus huesos.
Enriqueta Ochoa vive bastante recluida, aunque en contacto con
otras mujeres. Fue amiga y coetánea de dos otras grandes
poetas mexicanas, Rosario Castellanos y Dolores Castro, a las que
no acompañó en sus viajes de estudio y con las que
no se atrevió a una formulación reivindicativa, feminista,
política, del propio escribir: cuando se dice hombre por
humana se sacude y cuando se define mujer no termina de creerse
enteramente humana. Al leer el poema “Retorno de Electra”,
escrito cuando ya era una mujer de 50 años, se pueden enumerar
las contradicciones de la bisexualidad cultural de una mujer que,
en la sublimación del dolor y la pérdida, habla de
sangre sudada (la del trabajo, la que la acerca a los hombres) y
de sangre que se une a otras sangres (la menstrual, la del parto,
la de la filiación femenina).
La Colombia de la década de 1970 vivía apabullada
por un estilo, una marca narrativa triunfante: la de García
Márquez, su ritmo trino, sus adjetivos hiperbólicos,
sus lluvias, su vegetación como tinta, su moral barrida por
la violencia, sus hombres derrotados y sus mujeres que se sostienen,
sosteniendo a la vez su orgullo y su opresión. Era muy difícil
sobrevivir a una influencia tan fascinante. No obstante, en ese
clima, una mujer de Barranquilla que desde 1971 vivió en
París, Marvel Moreno, irrumpió de manera sorprendente
con Algo tan feo en la vida de una señora bien[19], un libro
de cuentos donde las protagonistas ocultaban y develaban “algo”,
su realidad interior o una mancha socialmente reprochable, y parecían
retratadas desde dentro. Moreno en varias ocasiones se deslindó
de la militancia feminista, exigiéndose a sí misma
ser “un escritor”, sin embargo describió la sexualidad
femenina en su expresión transgresora, capaz de burlarse,
aunque la sufriera, de la opresión de la autoridad de padres,
esposos e instituciones.
No se trataba de la única escritora de la misma zona caribe
que García Márquez; la costa es fértil. Su
coetánea Fanny Buitrago publicó ocho años antes
El hostigante verano de los dioses (1963), una novela que ponía
en entredicho las formas de relación entre los hombres y
las mujeres y que tenía como trasfondo el movimiento nadaísta,
un grupo desesperadamente en busca de ser vanguardia, enemigo de
toda institución, revolucionario en cuanto rechazaba la autoridad
política y de los intelectuales reconocidos, al cual ella
pertenecía. De las cuatro narradoras de El hostigante verano
de los dioses, tres son parte del grupo –Inari, Hade e Isabel-
y una es la propia autora atrás de la ficción, Marina,
la periodista, la forastera, la que quiere investigar la autoría
de una novela que es un éxito editorial. Caciques, compañías
fruteras, hijas inocentes, amores, guerrilleros, pertenecían
al universo de una Colombia ya entonces devastada por la violencia,
mitad pesadilla mitad realidad, divertido, exagerado, y tan femenino
como femenina es la extranjería de Marina, narradora que
usurpa la palabra del hombre, el mundo de la costa, el protagonismo
de esos nadaístas que querían destruir todo protagonismo.
No obstante, fue Marvel Moreno y no Fanny Buitrago quien asentó
el valor de la genealogía de mujeres en la literatura colombiana.
No sólo porque sus personajes son femeninos, sino porque
hizo entenderse a mujeres separadas por generaciones al hablar la
lengua de las mujeres, hizo escucharse a compañeras de escuela,
hizo defenderse a víctimas de diferentes clases de opresión,
y les permitió entrelazarse en parentescos poco convencionales,
en ríos de vida, en pecados que, al ser adivinados o descubiertos,
compartieron. En otras palabras, recordó que hay un torrente
de rebelión que corre por debajo de la vida de las mujeres,
una fuerza por lo general anticlasista, que las une en genealogías
identificables comúnmente por la resistencia al orden social
de la opresión masculina.
En su única novela publicada en vida, En diciembre llegaban
las brisas[20], la narradora era una voz memoriosa y algo desencantada,
Lina, que no se describía a sí misma directamente
sino a través de la ayuda que prestaba, supervisada por tres
mujeres mayores que ella –la abuela, la tía Eloisa,
la tía Irene-, a sus tres amigas en los momentos más
cruciales de enfrentamiento con el mundo de los valores del odio
y la represión sexual. En sus cuentos, necesariamente menos
complejos, la narración se sostenía sobre voces cómplices
al interior de una relación parental femenina –tías-sobrina,
abuela-nieta, monja vieja-monja joven-. Todas las narradoras se
acercaban al centro de su interés desde muy lejos.
Las tres partes de En diciembre llegaban las brisas, inician con
versículos de la Biblia que introducen el tema que cada una
de las amigas de la narradora representa y, a la vez, son interpretados
a lo largo de la complicadísima anécdota. En el cuento
“La sala del Niño Jesús”[21], la monja
narradora comienza por enunciar su pecado, una mentira, para llegar
a reconocer su simpatía por las monjas más jóvenes,
su comprensión por las madres que abandonan en el hospital
a sus hijos desnutridos, por su propia madre que soportó
a un marido borracho y su antipatía por una mujer que no
es ni sensual ni solidaria ni víctima, porque en realidad
representa la rigidez que la institucionalidad impone a las personas
que atrapa: la madre superiora.
La institución represiva, sea ésta el matrimonio,
la familia, la medicina, la abogacía, fue el blanco de todos
los esfuerzos de comprensión narrativa de Moreno, que contra
ella sólo contaba con la práctica de relaciones solidarias,
casi siempre vividas de forma clandestina por mujeres y por hombres
con ellas cómplices, hombres al margen de la masculinidad
violenta.
Empleadas domésticas, criadas, cocineras, conviven con
mujeres de alcurnia en el espacio reducido de trato que les deja
la vida social, regida por las reglas de otros; no obstante, en
ese microcosmos se construyen relaciones socio-afectivas que desafían
el tiempo. En el cuento “Ciruelas para Tomasa”[22],
la nieta ve con terror como la abuela trae a su casa a una vieja
andrajosa, semidemente, perdida, que sin embargo mira con los ojos
del recuerdo, viéndola bellísima, sensual y amiga:
Tomasa, una joven que su madre llevó a vivir a la casa ofreciéndole
la vida que merece una igual y que su padre humilló hasta
perderla, porque osó enamorarse y ser correspondida por su
hermano. El tiempo del pasado es el de la explicación, la
raíz inmersa en dos tierras, la del hombre y también
la de mujeres capaces de llegar al asesinato por afán de
justicia. Tiempo donde la lucha era acompañada de compasión,
donde los enemigos podían ser, a pesar de todo, entendidos
como víctimas del sistema que fortalecían con sus
acciones represivas. La modernidad, con su sexualidad fagocitadora,
sus viajes fáciles, la ligereza del vestido, no terminó
nunca de convencer a Moreno, aunque la reportaba como el cambio
real acaecido entre las mujeres que representaban la resistencia
a la opresión de las costumbres y a un nuevo orden no completamente
claro:
Los acompañaban las nuevas muchachas de Baranquilla, ya
liberadas y un poco indulgentes al dirigirse a mí porque
sabían vagamente que alguna vez escribí un libro denunciando
la opresión que sufrían sus madres. Ellas ignoraban
la sumisión: no se maquillaban y en sus polveras había
casi siempre unos granos de cocaína, y hacían el amor
con desenvoltura para tormento de sus amantes que se sentían
como cerezas tomadas con distracción de un plato. Quizá
solo yo comprendía que ese frenético consumo de hombres
elegidos y devorados sin ternura ni compasión, era simplemente
la venganza que una generación de mujeres ejercía
sin saberlo, en nombre de muchas otras... Quizá sus hijas
aprendan que el amor no se encuentra en la promiscuidad ni el erotismo
en la droga y, como Divina Arraiaga, sepan distinguir el uno del
otro, reconociéndole a ambos su carácter sagrado de
iniciación en el largo peregrinaje que permite vislumbrar
el infinito,
escribió al finalizar En Diciembre llegaban las brisas.
A pesar del tono entre nostálgico y alejado de la narradora
envejecida, este final se relaciona con una de las primeras reflexiones
de la Lina joven respecto a su abuela, al inicio de la novela:
Sin embargo a los hombres se podía domesticarlos, es decir,
enseñarles con el concurso de cualquier religión o
ideología, o incluso –y esto, aunque utópico,
parecía a su abuela preferible- con la simple demostración
que la solidaridad se justifica en la medida en que todos hemos
partido del mismo principio y vamos a reventarnos contra el mismo
final, hacer menos agresivos haciendo de ellos, de algunos al menos,
esos inofensivos soñadores que se enamoran, que escriben
libros, componen música o descubren la penicilina. Pero no
odiarlos. Odiarlos no tenía sentido. No se detesta al puma
que mata a la vaca o al gato que ataca al ratón. Se le comprende
tratando de meterse en su piel de puma o de gato, de compartir con
él en la medida de lo posible un espacio o un tiempo de vida:
sólo se le destruye si intenta destruirnos.
Esta es la dimensión genealógica que libera a las
mujeres del silencio y de la servidumbre.
En su último libro de cuentos publicado antes de la muerte,
El encuentro y otros relatos[23], una serie de textos temporalmente
alejados de la irrupción de la simbólica de las mujeres
en la literatura, junto con nuevos paisajes aparecieron nuevos elementos
del horror en los códigos de comportamiento humano: la frialdad,
el desapego, la mirada vacía. No obstante, Moreno nunca dejó,
como la dimensión materna, creativa, de su obra devela, de
ofrecernos imágenes y símbolos del goce, la pasión,
la cólera y la palabra de las mujeres y sus hombres “domesticados”.
Al instalar una genealogía uterina en la literatura, trajo
al mundo el arte de las mujeres.
Esta apropiación narrativa de la propia construcción
subjetiva no sucedió a destiempo con respecto a la participación
política o la elaboración filosófica feminista,
sino fue una manifestación de ambas. De hecho, el humanismo
feminista, que tiene en la sexóloga colombiana María
Ladi Londoño su mayor representante latinoamericana, ha siempre
reivindicado el espacio artístico como el primero para la
liberación de las mujeres, de su simbólica y hasta
de su sexualidad: el placer es a la vida lo que el arte a la libertad.
Y el placer no tiene ni debe tener límites sociales.[24]
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[1] Dolores Castro, Soles, Jus, México, 1977
[2] Diamela Eltit, Lumpérica, Santiago de Chile, Seix Barral,
1998 (3ª. Edic.)
[3] Ver, entre otros, al respecto: Martha L. Canfield, Donne allo
specchio. Racconti ispanoamericani fra Otto e Novecento, Le Lettere,
Florencia, 1997; Lucía Guerra, La mujer fragmentada, Casa
de las Américas, La Habana, 1994; Lola Luna, Leyendo como
una mujer la imagen de la Mujer, Anthropos, Barcelona, 1996; VV
AA, Literatura y diferencia. Escritoras colombianas del siglo XX,
2 Vol., Universidad de Antioquia/Uniandes, Medellín, 1995;
Marina Fe, Otramente: lectura y escritura feministas, FCE, México,
1999
[4] Hayden White, Metahistoria. La imaginación histórica
en la Europa del siglo XIX, México, Fondo de Cultura Económica,
2001, p.11
[5] María Inés Lagos, En tono mayor: relatos de formación
de protagonista femenina en Hispanoamérica, Cuarto Propio,
Santiago de Chile, 1996, pp. 55-60
[6] Esta idea en la década de los 80 se expresa con todas
sus letras, por ejemplo en Antonia de la mexicana María Luisa
Puga; pero durante toda la primera mitad del siglo XX hay que leerla
entre líneas y a veces las expresiones de envidia para con
la libertad masculina la ocultan.
[7] Desde este punto, el presente capítulo se refiere ampliamente
a mi artículo: “¿Existe una expresión
propia de las mujeres en su literatura?”, que en origen fueron
apuntes para una clase en la Maestría en Estudios de la Mujer
de la Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco. En Casa
del tiempo, Vol. II, época III, núm. 15, México,
abril 2000, pp.2-9.
[8] J. Wolfgang Goethe, Fausto y Werther (1774), Porrúa,
Colección Sepan cuantos n.21, México, 1985
[9] Gustave Flaubert, Madame Bovary. Costumbres de provincia (1857),
Porrúa, Colección Sepan cuantos n.352, México,
1978
[10] León Tolstoi, Ana Karenina (1888), Vols. I y II, Aguilar,
Madrid, 1987
[11] Harriet Beecher Stowe, La cabaña del tío Tom,
Porrúa, Colección Sepan Cuantos n.72, México,
1970
[12] Clarice Lispector, Lazos de familia, Montesinos, Barcelona,
1988
[13] Luce Irigaray, Yo, tú, nosotras, Cátedra, Madrid,
1992, pp.16-17
[14] Como el mestizo latinoamericano vive buscando al padre poderoso
que se desdibuja y no existe en la omnipresencia de la madre, así
las mujeres del siglo XX buscan a sus madres, las inventan, las
veneran a pesar de la opresión del patriarcado. En realidad
unos y otras sólo tienen hermanos y hermanas, iguales en
el abandono y la búsqueda.
[15] “Las vírgenes terrestres”, en Enriqueta
Ochoa, Retorno de Electra, , SEP-Diógenes, Colección
lecturas mexicanas n.72, México, 1987, p.21
[16] “Del amor”, Ibíd., pp.69-70
[17] “Los himnos del ciego”, Ibíd., pp.30-31
[18] “Carta a Jesús Arellano”, Ibíd..,
p.2
[19] El cuento, aparecido en un suplemento cultural de Barranquilla
en 1971, tituló a una colección de cuentos donde se
encuentra incluido: Marvel Moreno, Algo tan feo en la vida de una
señora bien, Pluma, Bogotá, 1980. Recopilado en Marvel
Moreno, Cuentos completos, Norma, Bogotá, 2001
[20] Barcelona, Plaza y Janes, 1987. Después de su muerte,
el 3 de abril de 1995, en Paris, su segundo esposo, Jacques Fourrier,
dio a conocer la existencia de su segunda novela, El tiempo de las
amazonas, y de una colección de cuentos todavía inéditos.
[21] En Cuentos completos, Ob. cit., p. 91
[22] En Cuentos completos, Ob. cit., p.31
[23] Bogotá, El Áncora editores, 1992
[24] Cfr. María Ladi Londoño, El problema es la norma.
Enfoques liberadores sobre sexualidad y humanismo, Prensa Colombiana,
Cali, 1989
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