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¿Por qué las jóvenes
se niegan al feminismo?
¿Feminista? ¡Mi abuela, güey!
-- La diferencia y la trasgresión:
una moda definida para el consumo
-- La postmoderna: liberada pero femenina
-- Los estudios de género: un creciente interés que
reemplaza el ser feminista
Ximena Bustamante (*)
Formularios para la diversidad
Cada año llega a manos de los jóvenes universitarios
la guía de los cien mejores antros de Marco Beteta (Folleto
comentado y repartido gratuitamente en las universidades privadas).
El pequeño libro negro incluye entre sus recomendaciones
desde el arrabalerísimo Salón Los Ángeles en
la Colonia Guerrero, hasta el exclusivo Palmas 500 en Polanco. ¿Qué
tienen en común estos centros de diversión de clases
sociales tan dispares? Una voz “autorizada” los ha catalogado
como parte de la experiencia nocturna en la ciudad.
No es in sobrevivir día con día en la Guerrero e
ir los fines de semana con tus mejores trapitos a desfogarte en
el Salón Los Ángeles; sí lo es, por el contrario,
pertenecer a la clase media o media alta e ir a disfrutar del ambiente
pintoresco que los vecinos le dan al lugar. Lo que hace que el Salón
Los Ángeles esté incluido entre los cien mejores antros
es la supuesta trasgresión que implica visitarlo: su nombre,
clientela y localización se vuelven sinónimos de aventura
y “estilo”. La visita al Salón Los Ángeles
no es, de ningún modo, un acercamiento al otro México;
la cercanía física que implica visitar el lugar es
la afirmación de una distancia social y simbólica
insalvable.
Así se juegan las políticas del estilo y la normalización
social en nuestro país, se vuelve cool (chida) la
trasgresión que de forma aparente acerca a la otredad, aunque
en realidad separa aún más de ella. Se crea la ilusión
de que hoy en día todas las diferencias son aceptadas, de
que pueden atravesarse las fronteras de clase, raza y género
a voluntad, y de que la supuesta trasgresión no conlleva
sanciones sociales, sino que es la clave para tener un “estilo
original”. La reinvención constante de la farsa está
de moda.
Es un lugar común decir que vivimos en un mundo “posmoderno”
en el cual se aceptan todo tipo de ideas, creencias y actitudes.
Hay quienes condenan la supuesta posmodernización de nuestra
sociedad aduciendo que ya no hay “valores”, por lo que
los jóvenes ya no saben lo que está bien o mal; otros
la exaltan pues creen que es sinónimo de que en las nuevas
generaciones hay más tolerancia e igualdad.
En la actualidad, sin embargo, existen claramente parámetros
para definir cuáles son las diferencias aceptadas y cuáles
no, qué trasgresiones están de moda y cuáles
son peligrosas para el orden social. Como la guía de Beteta,
hay cientos de recetarios sobre cómo ser diferentes y trasgresores.
Estos formularios de la diferencia establecen los patrones de consumo
que definen qué es ser hippie, darketo, punk, etc.; indican
cuáles son los lugares, la vestimenta, la música e
incluso las ideas que hay que consumir para pertenecer a cada grupo,
para distinguirse de los demás. Como señala Hobsbawn
en Historia del siglo XX, la cultura juvenil nació cuando
surgieron los productos que definieron a la “juventud”
como un grupo social aparte.
Los “estilos originales”, productos de las diferentes
pautas de consumo no son invariables, se transforman una y otra
vez bajo el influjo de la publicidad y de los distintos discursos
que buscan definir la identidad de los consumidores. Tal vez por
eso Lawrence Ferlinghetti, el último poeta beat, afirmó
en su última visita a México que ya no existe la contracultura,
pues ha sido incorporada a la clase media y asimilada por los medios
masivos.
La muerte de las vanguardias
El renacimiento del feminismo en los años sesenta, setenta
y ochenta, empezó en Estados Unidos y se extendió
rápidamente por los países desarrollados y las mujeres
pertenecientes a las clases medias cultas en el mundo subdesarrollado.
Hoy en día, tanto en el primer mundo como en el tercero
el feminismo sigue siendo un movimiento de clases medias ilustradas.
Sin embargo, mientras su auge estuvo caracterizado por el protagonismo
de las mujeres jóvenes, ahora éstas son las que se
alejan cada vez más de él. El feminismo de antaño
era una vanguardia, una de las principales luchas radicales en las
que se vio inmiscuida la recién nacida cultura juvenil. Para
las nuevas generaciones significó el cuestionamiento del
modelo de familia burguesa y el papel de la mujer dentro de ella,
revolucionó las expectativas que las mujeres tenían
sobre sí mismas, trasgredió la frontera entre lo privado
y lo público, arremetió contra la moral sexual tradicional
y desnaturalizó la violencia contra las mujeres. Los y las
jóvenes no querían vivir en una familia como en la
que habían crecido, no deseaban una relación de pareja
como la de sus padres, tenían nuevas aspiraciones, exigían
más derechos y, sobre todo, querían apropiarse de
su cuerpo, hacer el amor más que sus padres y sin ataduras:
“El nuevo feminismo… acaso fue el resultado más
duradero de los años de radicalización” diría
también Hobsbawn.
Se han terminado los años de radicalización. Un icono
de la rebeldía juvenil en el tercer mundo, como el Che Guevara,
ha quedado reducido a una imagen que, cual arma de la cultura de
consumo, se repite incesantemente hasta adquirir el estatus de una
lata de sopa Campbell’s. Por su parte, los guerrilleros del
siglo XXI –en voz del subcomandante Marcos- dicen que se cagan
en las vanguardias (carta dirigida a la organización político-militar
vasca Euskadi Ta Askatasuna, ETA), mientras que la mayoría
de los jóvenes no conocen el término o lo identifican
como lo más nuevo en el mercado.
Es difícil encontrar jóvenes que se definan como feministas.
En las relaciones cotidianas autodenominarse como tal despierta
enojo, desconfianza, reserva y frecuentemente, descalificaciones.
Me he topado desde los comentarios más pedestres como: “es
la peor tontería que se ha inventado”, “¿pero
por qué eres eso?”, “¿eres de ésas
a las que no les gusta que les abran la puerta y les paguen la cuenta?”,
hasta la desconcertante respuesta de “esto no es feminismo”
o “yo no soy feminista”, a pesar de que mi interlocutor
o interlocutora estén expresando ideas claramente feministas.
Los comentarios que suscita mi autodenominación como feminista
provienen de jóvenes universitarios de clase media, grupo
que antaño tal vez fue el más ferviente abogado del
movimiento. Es común encontrar entre ellos algunas ideas
propias del feminismo, aunque existe una negación tajante
a reconocerlas como tales.
Los y las jóvenes de clase media en los países del
tercer mundo parecen aceptar y vivir ciertas ideas básicas
del feminismo, como el hecho de que las mujeres puedan trabajar
fuera del hogar, votar y usar anticonceptivos. Sin embargo, todos
estos derechos están limitados: es posible casarse más
tarde, pero hay que casarse, no se cuestiona la institución
del matrimonio; las mujeres pueden usar anticonceptivos, pero en
algún momento de su vida deben tener hijos; pueden votar
y participar políticamente, aunque si no son candidatas es
porque no tienen suficientes méritos; pueden acceder a empleos
remunerados, siempre y cuando éstos no la coloquen en una
posición social y económica mejor que la de su marido.
Uno de los puntos neurálgicos del feminismo es entender
las relaciones entre los sexos como relaciones de poder. Estas relaciones
son distintas en diferentes culturas, sin embargo la inequidad es
una constante; por doquier la diferencia sexual ha sido traducida
en desigualdad social. Las jóvenes de clase media en México
no suelen considerarse inmersas en relaciones de poder. Perciben
la inequidad como algo lejano y creen que las mujeres discriminadas
pertenecen a otro tiempo, clase, cultura, pero nunca son ellas.
Ciertos triunfos en materia de derechos se interpretan como el
logro de la “igualdad”, aunque se mantengan intactas
relaciones desiguales en el ámbito privado y en el público.
No sólo creen poseer una igualdad de derechos, sino que difícilmente
reconocen las limitaciones que los estereotipos de género
imponen tanto a hombres como a mujeres. Las jóvenes clasemedieras
en países como éste tienen, como se dice popularmente,
lo mejor de dos mundos: algunos derechos antes inimaginables, sin
perder la “feminidad”.
La clase media no entiende la necesidad de un movimiento como el
feminismo cuando, supuestamente, se ha conseguido lo que buscaba
el llamado feminismo de la igualdad. Pareciera que el discurso apabullante
de la igualdad de derechos hace creer que los tenemos. En este caso
la palabra no le da existencia a algo, sino que al ser repetida
innumerables veces sin un referente real, da lugar a una omnipotencia
del signo en detrimento del significante. Se produce una especie
de halo de los derechos que crea la imagen de éstos como
algo dado, en lugar de algo por lo que hay que luchar.
Cuando la feminista llega a la fiesta armónica de las diferencias
desgarra el velo de la igualdad. Amenaza los formularios de la diferencia
porque estos “conviven” bajo el halo ficticio de una
igualdad de derechos. Por ello, asumirse hoy como feminista es de
mal gusto, no es parte de las diferencias consideradas como aceptables,
de ésas que se incluyen en las guías de “estilo”.
La feminista reconoce que la diferencia sexual y la red de símbolos
que se tejen en torno a ella –el género— marcan
la experiencia social de manera inequitativa. A partir de este reconocimiento,
adopta una postura política que amenaza las relaciones institucionalizadas
entre los sexos, no sólo en la arena pública, sino
también en la privada, donde se tejen vínculos afectivos
y de poder. La feminista se mete con las relaciones más “sagradas”
e íntimas, sus críticas se cuelan entre las sábanas
de las alcobas, en las cocinas, las salas familiares y los baños.
La feminista de hoy posee ciertas reminiscencias de la figura de
las brujas y las locas. Esas mujeres que, por serlo, son de antemano
sospechosas, pero lo son aún más cuando escapan a
sus papeles tradicionales y rompen con los esquemas de feminidad
de la sociedad en la que viven. La bruja y la loca son cautiverios
de las mujeres, parafraseando a Marcela Lagarde, para marcar a las
mujeres atípicas, a esas que saben algo o poseen poderes
ocultos. Entre la juventud de hoy, la que se declara feminista despierta
suspicacia: tal vez le va muy mal con los hombres, o es muy fea
o demasiado lista. Tal vez es bruja o loca.
Ninguna joven quiere ser la bruja, la loca o la feminista. Quieren
ser la que no incomoda con sus statements (alegatos) políticos
y es feliz bajo el velo de la igualdad, es decir, mujer moderna:
femenina, pero liberada. La mujer que sabe que no sirve de nada
ser exitosa si una no se ve bien, por lo que “elige”
consumir maquillaje, ropa, dietas, revistas para mujeres, cirugías,
etcétera, para con ello acreditar su identidad como “mujer”.
La que convive con las demás diferencias bajo el halo de
la igualdad y va al salón Los Ángeles para tener un
“estilo original” y refrendar la distancia que la separa
de las vecinas de la Guerrero.
Ser y tener
Dentro del juego de las diferencias mediadas por el consumo, se
da un fenómeno notorio, una mayor disposición de algunas
jóvenes a declararse interesadas en estudios de género,
en lugar de definirse como feministas. Ser feminista implica una
forma de identidad, interiorizar un movimiento. Es procurar definir
y desarrollar un modo de vida alternativo, una manera de relacionarse
consigo y con los demás que escape a formas institucionalizadas.
Decir que se tiene interés o que se está involucrado
en estudios de género, anula toda referencia a la identidad
y abre una brecha entre el sujeto y el objeto al que éste
se aproxima. Referirse únicamente a la categoría “género”,
academiza la discusión sobre las relaciones entre hombres
y mujeres, y relega la práctica, que ha sido piedra angular
del feminismo. El feminismo no sólo es un cuerpo teórico,
sino también un movimiento político. Por el contrario,
es imposible hablar de un movimiento de género, se habla
más bien de estudios de género o perspectiva de género.
Estos apelativos son políticamente más correctos,
ya que parecen neutralizar los reclamos políticos del feminismo
e ir acordes con los mandatos de las agencias internacionales “progresistas”,
las cuales llaman a incluir la perspectiva de género en todos
los análisis.
La relación que se establece por medio del lenguaje con
el término “género”, le da un estatus
de mercancía, ya no se trata de algo que se es, como el feminismo,
sino de algo que se posee, que se manipula. Se posee la perspectiva
de género, se aplica a las políticas públicas,
se usa para analizar las relaciones sociales. Tal vez por eso declararse
interesado en asuntos de género vaya más acorde con
las diferencias de formulario que declararse feminista. La perspectiva
de género se consume, mientras que el feminismo se asume.
* Estudiante de Ciencia Política del ITAM,
23 años (regresar arriba)
Este artículo fue publicado originalmente en: el sulemento
Triple
Jornada del diario La Jornada, México, octubre del 2004
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